Posterous theme by Cory Watilo

Carnaval en Falta 1

“El arte es el arte y es subjetivo, pero la Falta es la Falta y, si soy objetiva, la Falta no puede quedar afuera”, la morocha bombeaba con su pubis desde el pasillo una de las butacas del bondi en la madrugada del sábado y lo miraba a todo volumen al gordo con un entusiasmo embalado al que el gordo soportaba incrédulo, “¡la Falta es la falta, viejo!”, le decía, porque Eduardo, el gordo, con su maquillaje y sus cachetes de triste arlequín había animado una vacilación, un dejar la puerta abierta al fracaso, a la posibilidad de que la murga, la Gran Murga uruguaya, no clasificara a la última ronda de la competencia; y fue un “No sé si llegamos” que bien pudo ser un gesto falso para hacerse el lindo ante los rulos de la morocha o de sus amigas, o si no, habrá sido un sincero temor desesperado que hubiera cruzado al colectivo durante toda la noche y que al final llegaba a los primeros asientos con la voz del gordo; o más bien la expresión restante de una garganta pesada que después de cuatro, cinco horas de gira por los tablados de Montevideo, fumando, gritando y tomando; y cantando; y bailando, se quebraba con la Falta y Resto.
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Trabajador - Periodista - ¡Huelga! - #ParitariasPrensa - Independiente

Acerco esto que parece un cuento, pero que es la historia viva del New York Times, según la escribió el gran Gay Talese (en El reino y el poder, Grijalbo, 1973). Entenderán rápidamente, que el relato de esta huelga inmensa nos sirve para reflexionar hoy sobre las medidas de fuerza gremiales en nuestros periódicos y la cobertura de las negociaciones entre trabajadores y empresarios, especialmente durante estas paritarias de prensa y en épocas de ajuste en los medios. Claro está algo de lo particular del trabajador-periodista, lo mismo de las empresas periodísticas. En los párrafos que tipeo acá (muy anteriores al sobredimensionado "periodismo de periodistas" que supuestamente llegó hace poco), uno podría cambiar nombres y marcas por otros más argentinos o actuales, o proyectarse hacia las actitudes descritas, o desplazar con media sonrisa a Kennedy hacia otros apellidos más vernáculos. La foto es de The Nation. Sea este es mi saludo para el 1 de mayo.

Huelga_diarios

La huelga, que comenzó el 8 de diciembre de 1962, se prolongó durante 114 días y afectó no solamente al Times sino también al Daily News, al Journal-American, al World Telegram and Sun y a otros tres diarios de Nueva York, así cómo a dos de Long Island que, si bien no se vieron envueltos en ella directamente por los sindicatos, suspendieron o limitaron su publicación porque sus propietarios se solidarizaron con los demás periódicos. Comenzada en plena campaña publicitaria de Navidad, la huelga supuso para las empresas periodísticas la pérdida de millones de dólares y colocó a algunas de ellas en tan grave situación financiera que no pudieron recuperarse. Así el Mirror desaparecía poco después del final de la huelga y, en el transcurso de pocos años, el Herald Tribune, el World-Telegram and Sun y el Journal-American dejarían también de publicarse a consecuencia de otra huelga. En la de 1962-63, Bertram A. Powers, presidente del Sindicato de Impresores, predijo que el número de los periódicos de Nueva York quedaría reducido a tres; y tuvo razón. Además del Times, solamente el News, de la mañana, y el Post, de la tarde, iban a seguir publicándose en una ciudad que en el año 1900 contaba con dieciséis diarios y con doce en 1930.

Esta huelga fue una nueva y turbadora experiencia, que implicó la no aparición del Times por primera vez en su historia; y aunque la mayoría de los redactores del diario se vieron obligados a respetar las filas de huelguistas, lo hicieron con la sensación de que, al mismo tiempo, abandonaban y traicionaban al espíritu del Times.

Ahora, sin embargo, la vinculación de los empleados con el periódico no era tan fuerte. Durante los últimos años The Times parecía haberse convertido en un lugar mucho menos personal y mucho más fríamente corporativo, a medida que se engrandecía y se hacía importante. Los empleados antiguos del diario se encontraban en paz consigo mismo al observar los piquetes de huelguistas, situados junto al edificio del periódico, mientras que los jóvenes, sobre todo al principio del conflicto, disfrutaban de un receso de aventura y libertad que les entretenía. Su jornada diaria no giraba tan exclusivamente alrededor del Times, y tenían tiempo para apercibirse de su verdadera situación y para reflexionar sobre el futuro. Se daban cuenta de que la vida continuaba y podía continuar sin el Times, de que el mundo seguía adelante sin el Times y, a medida que la huelga se prolongaba, iban adquiriendo mayor confianza en sí mismos. Exploraban zonas que no conocían de la ciudad, hablaban con gentes distintas a sus contertulios habituales, se les ocurrían ideas nuevas, se vestían con mayor libertad, actuaban también más impulsivamente y constataban, en fin, cómo sería su existencia en el supuesto de que no fuesen redactores del Times: carecerían de un trato privilegiado por parte de los políticos y no dispondrían de billetes gratuitos en los transportes públicos; perderían la certeza de que cualquier persona importante a la que hubiesen telefoneado les llamaría a su vez; no se sentirían responsables ante las personalidades políticas del país ni padecerían restricción alguna al escribir sus artículos en sus reuniones sociales, públicas o privadas. Los redactores más jóvenes del Times descubrieron pues, durante la huelga, dos aspectos de su vida: el primero, privilegiado y en cierto modo neutralizado; el segundo, menos firme pero más satisfactorio. Luego, compararon estos dos factores y esperaron al desarrollo de los acontecimientos. Entre tanto seguían percibiendo sus subvenciones de paro y las asignaciones que les daba el sindicato, y algunos incluso se dedicaron a trabajar esporádicamente en la televisión, en oficinas del gobierno, en relaciones públicas o en grandes almacenes, ganando a menudo tanto o más que en el Times.

Cuando la huelga se adentraba en su sexta semana, sin que el Secretario de Trabajo ni el propio Presidente Kennedy consiguiesen con su intervención facilitar un acuerdo o, al menos, encauzar las negociaciones en tal sentido, James Reston se indignó. Junto con el resto de la redacción de Washington y los demás despachos del periódico en el país y en el extranjero, había sentido las consecuencias de la huelga, quizás aún con mayor fuerza que los huelguistas mismos.

 Quienes no habían ido a la huelga continuaban cobrando sus pagas por hacer casi nada, y se sentían incómodos por ello. Reston, además, estaba en situación de poder constatar personalmente la angustia que la huelga causaba a Sulzberger y a Orvil Dryfoos. El 12 de enero de 1963, Reston escribió, para las ediciones internacional y del Oeste del Times, un artículo que fue ofrecido igualmente por el servicio de noticias del periódico a otros setenta y dos diarios fuera de Nueva York, y en el que atacaba a Powers y al Sindicato de Impresores. También abogaba en él, porque los editores neoyorquinos imprimiesen sus diarios en imprentas no sindicadas y para que los ejemplares se distribuyesen por correo. Decía, entre otras cosas:

"El Presidente de los Estados Unidos no puede censurar los periódicos, y el Congreso de los Estados Unidos tiene prohibido concretamente, por el artículo primero de la Declaración de Derechos, atentar contra su libertad; sin embargo, Bert Powers, el jefe de los impresores neoyorkinos, puede no ya censurarlos sino suprimirlos.
"¿Qué tiene de 'libre' una prensa que puede desaparecer por la voluntad de un simple ciudadano?...".

El artículo no se publicó, por decisión interna del Times, ni en su edición del Oeste ni en la internacional, y se cursó una nota a todos los periódicos abonados a su servicio de noticias anulándolo. Tal decisión la tomó Orvil Dryfoos. Cuando leyó las cuartillas de Reston, parecía dibujarse un camino viable en las negociaciones, una viabilidad ilusoria que por otra parte se desvaneció muy pronto. A Reston, aquello le molestó mucho, pero en esa ocasión nada pudo hacer para influir en su amigo y admirador. Dryfoos era el editor del periódico y no deseaba herir a Powers, el "malo" del artículo de Reston, ni originar con ello mayores complicaciones y desacuerdos entre el sindicato y los empresarios.

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En la relativa calma de la sala de redacción del Times, Theodore Bernstein decidió que, cuando la huelga terminase, el diario debería explicar a sus lectores porqué se había originado el conflicto, porqué había durado tanto tiempo y porqué se habían prolongado tanto las negociaciones. Bernstein comentó su proyecto con el especialista laboral del Times, A.H. Raskin, quien lo aceptó. Era una misión desacostumbrada: significaba que Raskin, no sólo tendría que analizar las exigencias del sindicato y de sus dirigentes, sino también contraponerlas a la tozudez implacable de la "Asociación de Editores" y de su representante, Amory Bradford, miembro del propio Times. No había precedentes de un artículo semejante en la historia del diario; pero Bernstein consideraba que nada era improcedente. En todo caso, si Raskin escribía un informe crítico sobre la actuación del vice-presidente del Times, y el Times lo publicaba, el hecho sería realmente sorprendente.

El informe se publicaba en el Times, el 1 de abril de 1963, un día después de que todo el personal se había reintegrado al trabajo. La huelga de 114 días de duración había terminado, escribía Raskin, con la consecución por Powers de tres de sus peticiones clave: treinta y cinco horas de trabajo semanales, en contrapartida la oferta empresarial de 15 minutos diarios de tiempo libre para que los impresores y cajistas pudiesen cambiarse de traje y lavarse; uniformidad en la fecha de expiración de los contratos sindicales con los editores, de manera que terminasen no antes de la campaña publicitaria de Navidad, como el sindicato quería, sino antes de la campaña de Semana Santa, lo que era casi igualmente ventajoso; limitación del empleo de máquinas automáticas en un tercio de lo que deseaban los empresarios, y constitución de una comisión que analizase qué dinero se había ahorrado empleándolas y cuánto sería abonado al sindicato. En cuanto al aumento salarial, que totalizaba doce dólares con sesenta y tres centavos por semana para un período de dos años, era superior en dos dólares con cincuenta centavos, aproximadamente, al que habrían obtenido sin la huelga. 

Cuando Raskin terminó de escribir su artículo lo leyeron Bernstein, primero, y Catledge, después. Llamó éste en seguida a Dryfoos y le pidió que también lo viese él. Dryfoos le contestó que ya lo leería cuando se publicase en el Times, pero Catledge insistió en que lo hiciese antes. Así pues, Dryfoos cogió el artículo y se fue al Central Park para leerlo con tranquilidad, cerca del lago. Catledge se quedó en la oficina sin aventurar cuál sería la reacción de Dryfoos y, por tanto, sin saber todavía si el informe se publicaba o no. Aunque Dryfoos había suprimido recientemente la columna de colaboración fija de Raskin, su actuación como director se caracterizaba por permitir la publicación en el Times de artículos que la mayoría de los otros directores no habrían autorizado. Así, pues, devolvió las cuartillas de Raskin a Catledege, después de leerlas. Con un gesto de resignación dijo que se imprimiesen. Sabía el efecto que causarían a Bradford, pero a su juicio, el Times no podía hacer otra cosa que publicar el informe. La reputación de Rakin en cuanto a su buen criterio y profundidad de análisis estaba fuera de duda; por eso, las cuartillas siguieron curso hasta el cuarto piso, donde serían picadas. Los linotipistas las leyeron con interés, y cuando Amory Bradford las vio se puso furioso. Dijo a Dryfoos que reconsiderase la cuestión, pero el director se negó, y el 1 de abril, apareció el artículo, a doble plana. Pronto todo el país lo comentaba como un claro ejemplo de periodismo independiente, según dijo A.J. Liebling en el New Yorker. El Presidente Kennedy, comentando días después este asunto con alguien del Times en Washington, le dijo que si él hubiese sido Dryfoos probablemente no habría autorizado la publicación del artículo.

La decisión de hacerlo fue una de las últimas que tomó Dryfoos como director del Times. Casi inmediatamente dejó el despacho y se fue a Puerto Rico, para pasar allí unas cortas vacaciones. Se encontraba muy cansado y su aspecto lo reflejaba; por desgracia, sus días de asueto se vieron interrumpidos por una enfermedad que le obligó a ingresar en un hospital cerca de San Juan. Trasladado en avión a Nueva York, lo llevaron directamente del aeropuerto al Pabellón Harkness, del Centro Médico Presbiteriano de Columbia, donde falleció el 25 de mayo, a sus cincuenta años de edad.

[Algo más académico sobre esta huelga, acá.]